Traté de evitarlo, en serio

Como musulmana pakistaní no quería enamorarme de alguien con quien no pudiera casarme. Luego conocí a un hombre indio hindú.,

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Empezamos a enviarnos mensajes de texto durante los primeros meses de la pandemia, todos los días nos comunicábamos durante horas. La orden de confinamiento en las casas creó un espacio para que nos conociéramos porque ninguno de los dos tenía otros planes.

Construimos una amistad basada en nuestro amor por la música. Le presenté la banda sonora irremediablemente romántica de mi vida: Durand Jones &The Indications, Toro y Moi y el grupo Whitney. Él me introdujo a las bandas sonoras clásicas de Bollywood, Tinariwen y los temas llenos de bajos de Khruangbin.

Era excéntricamente apasionado de una manera que apenas me molestaba y, a menudo, me inspiraba. Nuestras bromas solo se veían limitadas por la hora de dormir que imponíamos a regañadientes a las tres de la madrugada, tras ocho horas seguidas de mensajes de texto.

Nos habíamos conocido en una aplicación de citas para sudasiáticos llamada Dil Mil.

Yo había creado filtros que iban más allá de la edad y la altura para excluir a todos los hombres que no fueran musulmanes y paquistaníes. Como mujer de 25 años que creció en la comunidad musulmana pakistaní, estaba muy consciente de la prohibición de casarme fuera de mi fe y mi cultura, pero mis filtros eran más una salvaguarda contra el desamor que una indicación de mis preferencias religiosas y étnicas. Sencillamente, no quería enamorarme de alguien con quien no pudiera casarme (al menos, no de nuevo; ya había aprendido esa lección por las malas).

Nunca sabré cómo un hindú indio-estadounidense apasionado, extravagante y ambicioso de 30 años pasó por mis filtros, ya sea por una falla técnica o por un acto divino. Lo único que sé es que, una vez que lo hizo, me enamoré profundamente.

Él vivía en San Francisco mientras yo estaba en cuarentena a siete horas al sur. Ya había planeado mudarme al norte, pero la covid y los incendios forestales retrasaron esos planes. En agosto, finalmente hice la mudanza, tanto a mi nuevo hogar como a él.

Condujo dos horas para recogerme con regalos de broma que representaban chistes que habíamos compartido durante dos meses de mensajes de texto. Ya sabía todo de este hombre, excepto su tacto, su esencia y su voz.

Después de dos meses de comunicación sin esfuerzo, nos acercamos a este encuentro desesperados por tambuién ser perfectos en persona. La presión de no ser menos nos abrumaba hasta que él puso música. Sonó “Warm” de Dre’es, y todo lo demás se acomodó: no tardamos en reírnos como viejos amigos.

Fuimos a la playa y compramos plantas. En su departamento, me preparó bebidas y la cena. Los fogones aún estaban encendidos cuando sonó mi canción favorita de Toro y Moi: “Omaha”. Dejó de cocinar para soltar una frase cursi que fue rápidamente eclipsada por un beso apasionado. En esta pandemia, solo estábamos nosotros, con nuestra música favorita que acompañaba cada momento.

En nuestra cuarta cita, transformó su departamento en el auditorio Fillmore para crear un concierto en casa. Escaneó mi entrada falsa, tomó mi abrigo, preparó un llamativo cóctel y me llevó a la pista de baile poco iluminada, donde bailamos terriblemente, pero siempre abrazados.

Terminó el set con la canción de Leon Bridges, “Beyond”, que yo había escuchado muchas veces. Me abrazó con fuerza y me susurró: “Tenía miedo de enseñarte esta canción, pero aquí está”.

Nos balanceamos lentamente, mientras escuchaba la letra: “Tengo miedo de que sea ella… De que el amor sea real, de que el zapato me quede…”.

Evité el contacto visual con él, pero sujeté con más fuerza la parte trasera de su camisa de franela porque conocía la frase que vendría a continuación: “¿Será mi esposa?”.

No estaba loco, y no era demasiado pronto, porque yo sentía lo mismo. Después de haber soportado varias relaciones sin salida con no musulmanes y musulmanes por igual, aquí estaba por fin, el hombre con el que debía estar. Supe que había llegado el momento de tener aquella gran conversación con él, esa en la que le recuerdo que soy musulmana.

En nuestra quinta cita, bebimos vino blanco en una esquina semidesconocida de San Francisco. Le pregunté si estaba preparado para escuchar más sobre mi familia y mi religión.

“Sí”, respondió.

Le dije: “¿Entiendes lo que significa estar con una chica musulmana?”.

Comenzó a divagar sobre su curiosidad académica por el Corán y la espiritualidad, y su deseo de criar a sus hijos en un hogar interreligioso.

“Si decidimos estar juntos, tienes que entender que la única manera de avanzar es que te conviertas. No facilitará las cosas, pero las hará posibles”, le dije.

Su respuesta fue demasiado rápida: “Estoy dispuesto”.

¿Cómo podía estar tan seguro?

“A veces estás dispuesto a cambiar todo tu futuro por una persona”, respondió.

Continuamos saliendo durante el resto del año, huyendo de las expectativas sociales de nuestras familias y comunidades; en realidad huíamos de cualquier expectativa. En nuestra burbuja de covid, dijimos “te amo” demasiado pronto. No escuchamos a nuestros amigos cuando nos instaron a tomárnoslo con calma e ignoramos las duras realidades familiares que teníamos por delante.

No le había dicho a mi madre nada sobre él, ni una palabra, a pesar de llevar meses en la relación romántica más importante de mi vida. No obstante, se acercaba el Día de Acción de Gracias, cuando ambos volveríamos con nuestras familias.

Esta historia de amor pudo haber sido la suya y la mía, pero sin la aprobación de mi madre, no habría podido avanzar. Ella nació y se crio en Karachi, Pakistán. Esperar que entendiera cómo me había enamorado de un hindú exigiría que desaprendiera todas las tradiciones y costumbres con las que se había criado. Me prometí a mí misma ser paciente con ella.

Me daba miedo sacar el tema, pero quería compartir mi felicidad. Estando las dos solas en mi habitación, empezó a quejarse de que la covid arruinaba mis posibilidades de matrimonio, y en ese momento solté la verdad: ya había conocido al hombre de mis sueños.

“¿Quién?”, dijo. “¿Es musulmán?”.

Cuando le dije que no, gritó.

“¿Es pakistaní?”.

Cuando le dije que no, se quedó sin aliento.

“¿Sabe hablar urdu o hindi?”.

Cuando le dije que no, se puso a llorar.

Pero cuando le hablé de mi relación con él y del hecho de que se había comprometido a convertirse por mí, se ablandó.

“Nunca te he visto hablar así de nadie”, dijo. “Sé que estás enamorada”. Con estas palabras de comprensión, vi que su estricta actitud era menos importante que mi felicidad.

Cuando le conté que mi madre sabía la verdad, celebró el impulso que este hecho prometía. Sin embargo, en las semanas siguientes, se inquietó al ver que su aprobación dependía por completo de que él se convirtiera.

Volvimos a casa una vez más para las vacaciones de diciembre, y fue entonces cuando sentí que los cimientos de mi relación empezaban a resquebrajarse. Con cada respuesta tardía a mis mensajes, sabía que algo había cambiado. Y efectivamente, todo había cambiado.

Cuando les dijo a sus padres que estaba pensando en convertirse por mí, se derrumbaron; lloraron, rogaron, suplicaron que no abandonara su identidad. Éramos dos personas capaces de desafiar a nuestras familias y apoyarnos en los momentos fortuitos, los números de la suerte y la astrología para demostrar que éramos el uno para el otro. Pero solo buscamos señales porque nos quedamos sin soluciones.

Finalmente, llamó y hablamos, pero no tardamos en saber en qué punto estaban las cosas.

“Nunca me convertiré al islam”, dijo. “Ni nominalmente, ni religiosamente”.

Más rápido de lo que él había declarado “estoy dispuesto” en aquella soleada tarde de San Francisco de hace tantos meses, le dije: “Entonces, se acabó”.

Mucha gente nunca entenderá los requisitos para casarse con un musulmán. Para mí, las normas sobre el matrimonio son obstinadas, y la carga del sacrificio recae en el no musulmán, cuya familia está presumiblemente más abierta a la posibilidad de relaciones interreligiosas. Muchos dirán que es egoísta e incongruente que un no musulmán deba convertirse por un musulmán. A ellos les diré que no puedo defender las limitaciones arbitrarias del amor musulmán porque a mí me rompieron. Perdí al hombre que creí que amaría para siempre.

Durante un tiempo culpé a mi madre y a la religión, pero es difícil saber cuán fuerte era realmente nuestra relación con la música apagada. Nos amábamos en una pandemia, que no era el mundo real. Nuestro romance estaba aislado de los conflictos ordinarios del equilibrio entre el trabajo, los amigos y la familia. Estábamos aislados tanto por nuestro amor prohibido como por una calamidad global, que seguramente profundizó lo que sentíamos el uno por el otro. Lo que teníamos era real, pero no era suficiente.

Desde entonces he visto a amigos musulmanes casarse con conversos. Sé que es posible compartir un amor tan infinito que puede superar estos obstáculos. Pero, por ahora, mantendré mis filtros puestos.

Myra Farooqi es alumna de una escuela de Derecho en California.

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